El atril como aula de primaria: la lección obligatoria
Hay tradiciones que no se pierden y que, de hecho, se reciclan con fervor religioso en cada rincón del país. Durante la visita de la titular del Poder Ejecutivo federal a la emblemática Avenida Revolución en Tijuana, el evento oficial conmemorativo de rendición de cuentas pareció mutar de repente en una extensión de los libros de texto gratuitos. En lugar de limitarse a los fríos datos de la administración pública local, la oradora en turno decidió que era el momento perfecto para impartir una cátedra intensiva de historia nacional ante un público que probablemente solo quería saber cuándo caería el agua en la llave o cómo iba a frenarse la inseguridad fronteriza.
Con la solemnidad de quien descubre el hilo negro de la patria, el discurso se remontó trescientos años atrás para recordarnos detalles sobre Miguel Hidalgo, Morelos y la abolición de la esclavitud. No faltó la mención obligatoria a las diferencias entre los criollos y los curas de pueblo, un ejercicio pedagógico muy loable para la Secretaría de Educación Pública, pero francamente desconcertante cuando se supone que estamos evaluando el ejercicio del gasto público en el año dos mil veintiséis. La narrativa oficial insiste en conectar cada bache tapado, cada beca entregada y cada tubería con la gesta heroica de mil ochocientos diez, como si el pago de impuestos locales necesitara el visto bueno espiritual de los insurgentes.
La noche neoliberal y los villanos de cartón en el calendario oficial
El recorrido por el túnel del tiempo no podía estar completo sin el villano favorito de la temporada: el periodo neoliberal. Según la cronología oficial de la Cuarta Transformación, la historia de México se divide claramente en dos grandes bloques estéticos. Por un lado, los héroes impolutos del pasado que lucharon por la soberanía contra imperios extranjeros; por el otro, los seis presidentes del periodo comprendido entre mil novecientos ochenta y dos y dos mil dieciocho, etiquetados sumariamente como una noche oscura de traición a la patria y venta de empresas públicas. En esta peculiar versión de la historia patria, la complejidad económica de crisis internacionales, devaluaciones y transiciones democráticas imperfectas queda reducida a una caricatura de buenos y malos digna de función de títeres.
Lo curioso de este ejercicio retórico es cómo se utiliza selectivamente la memoria histórica para justificar las inercias del presente. Cada vez que una cifra macroeconómica no cuadra o un proyecto insignia enfrenta retrasos presupuestales, la respuesta automática no es la auditoría técnica ni la explicación financiera rigurosa, sino la invocación de los demonios del pasado neoliberal. Si el abasto de medicamentos falla o la infraestructura hidráulica sufre de sequías crónicas, la culpa sigue siendo de las privatizaciones de Carlos Salinas de Gortari, un comodín político que parece tener vigencia eterna en los discursos matutinos y vespertinos del régimen.
La pedagogía presidencial frente a los problemas reales de la frontera
Mientras en el templete se disertaba sobre Margarita Maza de Juárez y su papel diplomático en Estados Unidos durante la intervención francesa, las familias de Baja California enfrentaban dilemas mucho más terrenales que los libros de historia universal. Tijuana y Mexicali viven bajo la presión constante del costo de la vida fronteriza, la violencia urbana y los retos crónicos de movilidad. Sin embargo, la estrategia de comunicación gubernamental parece apostar firmemente a que una buena dosis de nacionalismo épico y clases de civismo gubernamental actúe como bálsamo analgésico para las carencias cotidianas.
No deja de ser una ironía fina que, mientras se critica a las élites del pasado por vivir alejadas del pueblo en palacios dorados, las giras oficiales actuales movilicen aparatos colosales de logística, vallas metálicas, operativos de seguridad y nutridos contingentes de aplaudidores profesionales dispuestos a corear consignas a favor de la comandanta suprema. La frontera norte, históricamente pragmática, comercial y orientada a los resultados inmediatos de la economía binacional, termina escuchando sermones morales sobre la soberanía divina del pueblo y la pureza ideológica de los curas revolucionarios. Al final, la historia es una herramienta maravillosa para entender de dónde venimos, pero utilizarla como escudo protector contra las críticas de gestión administrativa es una vieja maña política que ningún régimen nuevo ha querido desterrar.
Verificación y Fuentes Históricas
Para profundizar en los hechos históricos y contrastar el relato oficial con la historiografía académica sobre la Independencia y el periodo liberal, se pueden consultar los archivos y publicaciones del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), así como las investigaciones especializadas del Colegio de México (Colmex) sobre la economía política del siglo XIX mexicano.



