Gasolina a 30 pesos: Profeco admite el atraco mientras el gobierno maquilla la realidad

El procurador federal del consumidor, Iván Escalante, presenta el reporte de precios en la conferencia matutina.
Iván Escalante expone los precios de combustibles y canasta básica.

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El dulce despertar de la realidad petrolera

Hay mañanas donde la liturgia oficial del poder prefiere ignorar los termómetros económicos, pero otras donde la crudeza de los bolsillos ciudadanos filtra verdades incómodas hasta el mismísimo atril presidencial. Durante la habitual sesión de quién es quién en los precios, la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) tuvo un desliz estadístico —o un acto de inusual franqueza burocrática— al reconocer lo que millones de automovilistas mexicanos sufren cada vez que acuden a una estación de servicio: llenar el tanque con gasolina premium ya reza la cifra prohibida de los 30 pesos por litro en diversas regiones del país.

El titular de la dependencia, Iván Escalante, intentó matizar el golpe argumentando que este combustible no forma parte del acuerdo nacional voluntario firmado entre la titular del Ejecutivo y el sector gasolinero. Sin embargo, la coartada oficial se desmorona al analizar los propios datos presentados por su oficina. Si el costo de adquisición promedio para los empresarios gasolineros se ubica en poco más de 25 pesos por litro, vender casi al filo de la treintena implica un margen de ganancia de hasta cinco pesos por cada litro despachado. Un jugoso negocio que contrasta dramáticamente con los discursos sobre la contención inflacionaria y la estabilidad de los energéticos.

Eufemismos fiscales y estímulos para el lucro privado

La retórica oficial suele regodearse en la aplicación de estímulos fiscales como un escudo protector diseñado exclusivamente para el bienestar de la ciudadanía. No obstante, la realidad operativa del mercado de combustibles en México demuestra que los subsidios gubernamentales —instrumentados mediante la disminución temporal del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS)— terminan frecuentemente sirviendo como un cojín financiero que ensancha los márgenes de utilidad de los permisionarios en lugar de traducirse en un alivio real y permanente para el consumidor final. Cuando el procurador apunta que el estímulo es para la gente y no para que el empresario gane más dinero, admite implícitamente que el sistema de vigilancia actual es insuficiente para evitar la voracidad de los gasolineros.

Las inspecciones y los mapas interactivos en vivo se han convertido en un ejercicio pintoresco de señalamiento público que, más allá de inhibir los abusos mediante sanciones ejemplares, opera como una bitácora de anomalías toleradas. Se exhiben con nombres y logotipos estaciones en Cancún o Coatzacoalcos que se «vuelan la barda» con los precios y los márgenes de ganancia desproporcionados, pero el aparato punitivo del Estado parece detenerse en la amonestación verbal y en la colocación simbólica de una ‘tache’ en las diapositivas matutinas. Mientras tanto, el automovilista mexicano continúa pagando el costo de un mercado energético fuertemente centralizado y sujeto a vaivenes políticos.

Radiografía de un mercado vigilado pero insostenible

El contraste entre los precios de la canasta básica —que el gobierno presume controlada por debajo de los 910 pesos mediante acuerdos voluntarios con las grandes cadenas de autoservicio como Bodega Aurrera, Chedraui y Soriana— y el descontrol en los combustibles refleja una estrategia económica de doble velocidad. Por un lado, se presiona a los supermercados para mantener márgenes rígidos en productos alimenticios esenciales; por el otro, la red de gasolineras opera bajo una lógica de libre mercado distorsionada por incentivos fiscales opacos y una supervisión que rara vez deriva en consecuencias legales severas para los infractores reincidentes.

La promesa de continuar con las visitas de verificación a lo largo de las siguientes semanas suena más a un recordatorio de rutina que a una política de combate frontal a la especulación. Al final, la narrativa gubernamental insiste en que sin los subsidios actuales la gasolina regular rondaría los 30 pesos y el diésel los 35, un escenario catastrófico que sirve como justificación permanente para validar la efectividad de la política económica en curso, incluso cuando los surtidores del país demuestran cotidianamente lo contrario.

Fuentes y referencias oficiales para contrastar

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